LA POBREZA INTELECTUAL DE USAR A MARADONA CONTRA MESSI
Hay algo que los argentinos hacemos con una facilidad alarmante, convertir cualquier hecho en una trinchera ideológica. No importa de qué se trate. Todo termina reducido a una pelea de bandos, a una disputa de relatos, a una competencia absurda por ver quién tiene la superioridad moral en la discusión.
Esta vez le tocó al fútbol o, mejor dicho, les tocó a nuestros ídolos futbolísticos…
La reciente visita protocolar del plantel del Inter Miami CF a la Casa Blanca, donde fueron recibidos por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desató en Argentina un debate tan ruidoso como superficial. Y, como suele pasar en este país, rápidamente la conversación dejó de tener que ver con el fútbol para convertirse en otra escena más de nuestra eterna grieta.
Entonces ocurrió lo previsible…
Aparecieron en redes y medios de comunicación, videos de Diego Armando Maradona criticando a Estados Unidos o a la monarquía británica. Otros respondieron difundiendo imágenes del propio Maradona abrazado con líderes como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro e incluso con el dictador argentino Jorge Rafael Videla.
El espectáculo fue triste, pero sobre todo fue pobre. Porque lo que quedó expuesto no fue una discusión seria sobre política internacional ni sobre la historia de nuestros ídolos. Lo que quedó expuesto fue algo mucho más incómodo, la pobreza intelectual de parte de nuestra sociedad para analizar los hechos sin convertirlos en propaganda.
Lionel Messi no fue a la Casa Blanca a dar un discurso político. No fue a apoyar una plataforma electoral. No fue a legitimar a ningún dirigente. Fue, simplemente, como capitán de un equipo campeón que cumplía con una visita institucional que forma parte de la tradición deportiva estadounidense. Nada más.
Pero en la Argentina parece que eso es demasiado simple. Aquí todo debe ser reinterpretado, sospechado y, finalmente, utilizado.
Y ahí aparece la operación más absurda de todas, usar a Maradona para atacar a Messi. Como si fueran enemigos. Como si representaran bandos opuestos. Como si hubiera que elegir entre uno y otro.
En esa lógica enfermiza se termina haciendo siempre lo mismo, utilizan a Maradona para atacar a Messi, o usan a Messi para discutir a Maradona.
Maradona fue un hombre que expresó abiertamente sus posiciones políticas. Siempre lo hizo. Formaba parte de su personalidad, de su rebeldía y de su manera de entender el mundo. Nadie puede sorprenderse por eso. Y nada de eso disminuye su dimensión de ídolo popular ni su lugar sagrado en la historia del fútbol argentino.

Pero Messi eligió otro camino. Nunca construyó su figura desde la confrontación ideológica. Nunca buscó protagonismo político. Su territorio fue siempre el mismo, la cancha. Su manera de hablar fue el fútbol. Entonces cabe una pregunta incómoda. ¿Por qué algunos se desesperan por obligarlo a ocupar un lugar que nunca lo quiso?
Si Messi tuviera una posición política, la que fuera, sería absolutamente legítima. Porque antes que jugador de futbol, es ciudadano. Y como cualquier ciudadano tiene derecho a pensar lo que quiera.
Lo verdaderamente inquietante no es lo que piense Messi. Pero si es esa necesidad casi enfermiza de algunos de analizar cada gesto desde un filtro ideológico.

Porque muchos de los que hoy se rasgan sus vestiduras por una visita protocolar jamás se escandalizaron cuando Maradona se fotografiaba con dirigentes que gobernaron países sumidos en la pobreza, el autoritarismo o la represión…
Y que quede claro, esta reflexión no es en contra de Maradona, sería absurdo, o seria contradecir la línea que pretende esta columna. Maradona es eterno. Es parte de la identidad emocional de la Argentina.
Esta crítica va dirigida a otra cosa, a la comodidad mental de quienes prefieren usar a los ídolos como herramientas de propaganda antes que pensar con honestidad o de hacerse cargo ellos mismos de lo que piensan sin involucrar a nadie.

Maradona y Messi no son doctrinas políticas. No son partidos. No son banderas ideológicas. Son dos de los futbolistas más extraordinarios que nacieron en esta tierra. Dos hombres que defendieron la camiseta argentina con talento, con presión, con responsabilidad y con el peso gigantesco de representar a todo un país.
Pretender enfrentarlos desde la política es, además de injusto, profundamente mediocre.

Porque cuando una sociedad necesita convertir a sus ídolos en armas de discusión ideológica, lo que queda en evidencia no es el problema de los ídolos, sino el problema de la sociedad misma.






Comentarios (0)
Comentarios de Facebook (0)