FNCH35 2026 - REFUGIO DE NUESTRA IDENTIDAD
La edición número 35 de la Fiesta Nacional del Chamamé, la 21ª del Mercosur y la 5ª de carácter mundial volvió a confirmar algo que en Corrientes ya sabemos, pero que a veces olvidamos entre polémicas, escenarios y micrófonos, el chamamé no es un espectáculo, es un refugio.
SRH, fiel a su manera de contar, eligió una vez más no detenerse en la grilla de artistas ni en el brillo de cada noche. Preferimos mirar un poco más allá, donde no llegan las luces del anfiteatro Cocomarola, pero sí llegan las emociones más hondas del correntino.

Esta edición no estuvo exenta de controversias. El primer día, horas antes de la inauguración, el anfiteatro amaneció inundado tras una lluvia copiosa, como si la naturaleza quisiera recordar que también forma parte de esta historia. Luego llegaron las discusiones por algunas performances, las críticas a artistas consagrados como Los Nocheros o Los Tekis, y la voz firme del Bocha Sheridan, que puso en palabras el enojo de muchos al sentir que el chamamé no siempre es respetado como merece. También hubo ausencias que dolieron, como la de los emblemáticos Hijos de los Barrios, y cuestionamientos hacia la nueva presidenta del Instituto de Cultura de Corrientes, en su debut al frente del organismo.
Todo eso ocurrió. Todo eso se dijo. Y está bien que se diga.
Pero mientras tanto, en medio de ese ruido, el chamamé seguía haciendo lo suyo.

Cada sapukay lanzado al aire cuando sonaban los grupos históricos fue mucho más que un grito, fue una afirmación de identidad. Fue la prueba de que estamos frente a una música que no se aprende solo con partituras, sino con vivencias. El chamamé no se escucha solamente; se hereda, se respira, se lleva puesto.
Para el correntino, el chamamé no es un evento anual ni una postal turística. Es parte de su vida cotidiana. Está en las reuniones familiares, en los patios de tierra, en las peñas, en cada fiesta en honor a un santo patrono o popular, en los caminos rurales y en cada pueblo por más chico que este sea. Es la manera que encontramos de contar lo que somos y cómo vivimos, aun cuando no tengamos palabras suficientes.
Por eso, más allá de las polémicas, esta fiesta vuelve a cumplir un rol esencial, unir. Unir generaciones, unir miradas distintas, unir al que critica con el que celebra. Porque todos, de una u otra forma, nos reconocemos en ese acorde inicial, en ese rasguido que suena y nos invita a bailar.
El lema de este año, “Refugio de nuestra Identidad”, no pudo haber sido más acertado. En tiempos de cambios acelerados, de discusiones permanentes y de identidades que parecen diluirse, el chamamé sigue siendo ese lugar al que volvemos para encontrarnos. No para escapar, sino para recordar quiénes somos.
Y quizás ahí radique su verdadera importancia, el chamamé no necesita defenderse. Vive en el corazón del correntino. Y mientras haya alguien dispuesto a lanzar un sapukay con el alma, seguirá siendo ese refugio que nos cobija, nos explica y nos une.






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