DEL EDITOR | ¿DE ESTO, NO SE HABLA?

DEL EDITOR | ¿DE ESTO, NO SE HABLA?

Durante la sesión del Concejo Deliberante del martes 21 de octubre, un momento de tensión protagonizado por el viceintendente Andrés Castilla encendió las redes y ocupó titulares. Los micrófonos amplificaron la molestia, los recortes de video hicieron lo suyo y, como suele ocurrir, lo anecdótico se impuso sobre el contexto. Hubo palabras que no debieron decirse y tonos que, en la política, siempre se pagan caros.

Pero una semana después, el martes 28, el mismo funcionario volvió al recinto e hizo algo que pocas veces se ve: pidió disculpas públicamente, reconociendo su error y aclarando que ya lo había hecho de manera privada ante sus pares. Lo hizo con humildad y con la misma exposición con la que se lo criticó. Sin embargo, esta vez, los micrófonos no se encendieron, las cámaras no giraron, y las redes no replicaron.

Lo que en una semana fue escándalo, en la otra pasó inadvertido.
¿No merecía el mismo espacio la disculpa que el exabrupto?
¿No es eso también noticia, cuando un representante público asume su responsabilidad y se disculpa frente al cuerpo legislativo y la comunidad?

En tiempos donde el enojo vende más que la reflexión, parece que la noticia sólo existe si hay ruido. Cuando hay gestos de autocrítica o madurez institucional, los focos se apagan y el silencio se impone.

Este pensamiento —vale aclararlo— no responde a ninguna ideología política ni partidaria, ni por simpatía o acercamiento hacia uno u otro sector. Nace del hartazgo frente a ese amarillismo mediático que convierte cualquier diferencia en un espectáculo y reduce el ejercicio del periodismo a la búsqueda de clics y reproducciones.
Un fenómeno donde abundan quienes saben escribir, pero olvidan pensar; y otros que se autoproclaman periodistas porque encontraron en la palabra “publicar” la excusa para opinar sin rigor, sin contexto y, muchas veces, sin respeto.

San Roque Hoy no pretende moralizar, pero sí invitar a mirar distinto.
No sólo sobre cómo se construye la información, sino también sobre cómo elegimos mirarla. Porque si la función de la prensa es informar con equilibrio, también lo es destacar los gestos que dignifican la política y la convivencia democrática. Si pedimos dirigentes más humanos, más cercanos, más capaces de reconocer sus errores, también deberíamos aprender a mirar —y valorar— cuando eso ocurre. Y cuando un funcionario —como en este caso— reconoce su error y pide disculpas públicamente, eso también forma parte de la historia que debe contarse.

En una sociedad que necesita recuperar la palabra y la empatía, una disculpa pública no es un signo de debilidad, sino de fortaleza.
Y aunque no sea tendencia, aunque no genere escándalo ni sume vistas, también merece ser contado.