SEMANA SANTA, EN SAN ROQUE; ENTRE EL SILENCIO DE ANTES Y EL RUIDO DE AHORA

SEMANA SANTA, EN SAN ROQUE; ENTRE EL SILENCIO DE ANTES Y EL RUIDO DE AHORA

El pueblo ya no se detiene como antes…

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la Semana Santa transformaba por completo la vida del pueblo. San Roque, como muchas otras comunidades de tierra adentro, bajaba la voz, apagaba las radios y suspendía sus rutinas. Era como si el aire mismo se hiciera más denso, más solemne. Todo se detenía. El pan no se amasaba, el río se respetaba, la carne desaparecía de las mesas, y hasta las bicicletas descansaban contra las paredes.

Viernes Santo era un día inmenso. El más largo del año, decían algunos. Un día que imponía silencio, que arrastraba un susurro de duelo. No se escuchaban motores ni música, apenas los pájaros y el repicar grave y espaciado de las campanas de la iglesia. Los más chicos no entendíamos del todo, pero sabíamos que ese día Jesús estaba muerto, y eso lo explicaba todo. Si hacíamos algo indebido, una travesura, una palabra fuera de lugar, una risa a destiempo, sentíamos que estábamos solos, expuestos, indefensos. Como si el cielo nos estuviera mirando, pero sin poder protegernos.

Era una mezcla de respeto, temor y fe. Nadie nos lo imponía del todo, pero lo sentíamos en el aire, en la mirada de los abuelos, en el andar más lento de los vecinos. La iglesia era visitada masivamente y los santos parecían pesar más en cada hombro que los cargaba en alguna procesión que se armaba alrededor de la plaza. El pueblo, entero, caminaba en penitencia y oración.

Hoy, la Semana Santa sigue existiendo, pero ha cambiado su forma. Hay más turistas que fieles, más celulares que rosarios. El pueblo ya no se detiene como antes. El ruido de las motos no descansa ni siquiera el Viernes Santo, los parlantes siguen encendidos, y las redes sociales compiten con los rezos. Las procesiones aún se hacen, pero en muchos casos cuesta encontrar ese recogimiento que antes nos salía del alma.

Y, sin embargo, algo de aquel espíritu sobrevive. Está en el que todavía se arrodilla al pasar frente al templo, en la abuela que sigue preparando empanadas de vigilia, en la mirada silenciosa de quien recuerda cómo era todo cuando el mundo se frenaba por completo durante tres días.

Tal vez hemos cambiado, sí. Pero en algún rincón de San Roque, todavía hay un niño que siente un escalofrío al pensar que Jesús ha muerto y que, por unas horas, todo queda en suspenso. Como si, en el fondo, aún supiéramos que no hay mayor misterio que ese; el del silencio, el del miedo, el de la esperanza en espera.