EL ECO DE PAPUCHO

EL ECO DE PAPUCHO

San Roque, en sus calles antiguas y su gente de mirada noble, tiene esos personajes que no se explican, se sienten. Son parte del paisaje, del alma colectiva. Son como una melodía que no se olvida, aunque no sepamos con certeza cuándo empezó a sonar. PAPUCHO era uno de esos acordes entrañables.

Su nombre era Aníbal Antonio Franco, pero el pueblo entero lo conocía por ese apodo lleno de afecto y cercanía; Papucho. Hombre de baja estatura, de andar inconfundible, piernas arqueadas y una voz que a veces cantaba y a veces recitaba, siempre a su modo, siempre con ese color que solo él sabía darle.

Papucho tenía esa magia de los que no buscan brillar, pero terminan iluminando. Lo suyo era una mezcla de ocurrencia y ternura. Cantaba con el corazón en la mano, sin preocuparse demasiado por el idioma o el tono, y por eso nos conmovía. Aquella versión inolvidable del "Hapi beibi iu iuuu" llegó a las pantallas de la televisión nacional, pero en realidad ya había llegado antes al alma del pueblo. Porque Papucho no buscaba fama, él regalaba alegría, y eso lo volvía inolvidable.

Había en él una inocencia sabia. Sabía cómo hacer reír, cómo decir un poema, cómo acompañar una reunión. Detrás de su risa abierta y sus canciones improvisadas, vivía un alma sensible, casi transparente. Nunca pretendió ser ejemplo de nada, y sin embargo terminó siéndolo; ejemplo de autenticidad, de ternura genuina, de esa humanidad que ya escasea.

Algunos días se lo veía más apagado, como si llevara un peso en el alma. Pero bastaba un acorde, una carcajada, una ronda de amigos, para que resurgiera ese Papucho auténtico que todos amábamos. Su alegría no era forzada, brotaba desde un lugar que sólo tienen los que han llorado y, aun así, eligen hacer reír.

Hoy, 19 de junio, San Roque lo llora sin ruido, como se lloran los recuerdos que no se quieren soltar. Ya no escucharemos su inglés inventado, ni sus versos entrecortados, ni su presencia entrando en las sedes partidarias en época de elecciones, en la cancha, en las casas en su barrio, con esa sonrisa que lo anunciaba antes de llegar. Pero quedará su esencia, como quedan los perfumes en los patios antiguos, como queda el eco de una canción en la memoria.

Papucho ya no andará por las calles del pueblo, pero ahora es parte del aire. Cuando alguien cante sin vergüenza, cuando alguien recite con emoción, cuando un niño ría sin entender del todo por qué, ahí estará él, invisible pero presente.

 

 San Roque ha perdido una voz, pero ha ganado una leyenda.