FOMO, O QUIÉN DIJO QUE TODO ESTÁ PERDIDO
Lic. DÉBORA BLANCA | Directora de Lazos en juego
El fomo, o sea, el miedo a perdernos algo o a quedarnos afuera de algo, es uno de los padecimientos más comunes de nuestra época.
Es un asunto interesante porque los paradigmas de las últimas décadas, articuladas a las nuevas tecnologías como el celular, el WhatsApp, las redes sociales, plataformas diversas, etc, nos escribieron un cartel en nuestro cerebro, cartel luminoso por cierto, que nos ordena: "No te pierdas de nada". Y mientras nos ordena eso, lo que se nos desordena es la vida.
El multitasking en tanto posibilidad de estar en 2, 3, 4, 27 lugares en simultáneo, le saca unos músculos tremendos al cartel, y de paso nos hace sentir familiares de Dios. Y qué triste es aquello en que nos transformamos cuando podemos estar en un solo lugar.
Vida miserable la nuestra cuando no podemos usar el celular, cuando no hay señal en el lugar donde tenemos que esperar, ¡terrorrrrrrr, un ansiolítico por favor!
El miedo a perdernos algo es la absurda neurosis del siglo 21 porque ¡obvio que nos perdemos algo! Y es más, menos mal que nos perdemos algo porque nos salvaguarda del riesgo de perder todo.
A ver, sencillo: si decido A, pierdo B. Si elijo las milanesas con papas fritas del menú, me pierdo la entraña con ensalada.
Si elijo el pantalón rojo, me pierdo el marrón. Sí elijo ir al mar, me pierdo las montañas.
Si elijo a un hombre, me pierdo a los otros. Si elijo una carrera, me pierdo las otras.
Eso se llama vivir, se llama elegir, se llama arriesgarse.
Y porque pierdo algo es que puedo fantasear, puedo recordar, puedo inventar.
Aceptar perder algo inevitablemente nos vuelve más vivaces, fuertes, creativos, audaces.
El fomo es una señal inequívoca de estar comprando una vida publicitaria, de estar riendo sólo para las redes sociales, de haber quedado sometido al imperativo de una existencia gerenciada por algoritmos impiadosos que hace aparecer un síntoma de ceguera frente al peligro de ver lo distinto, lo otro, lo que no coincide con nuestro talle, nuestros gustos musicales, nuestros pensamientos. Y así la vida se nos va volviendo tan chiquitita como efímera.
Sí, siempre nos estamos perdiendo de algo. Y, cosa 'e mandinga, pasa desde que el mundo es mundo, y peor aún ¡va a seguir pasando!
Sino sería pensar que mientras yo estoy haciendo algo, mi universo debiera quedarse congelado, quietito. ¡Tanto narcisismo implantado en nuestras cabecitas y nuestros corazones por dueños millonarios escondidos tras las pantallas!
Hace unos pocos días alguien me contó que había leído que el gran Jhon Lennon se rió a carcajadas de este asunto del fomo. Tan fuerte se rió que le volaron los anteojitos; por suerte estaba Yoko Ono cerca y los atajó. Y mientras se reía y fumaba, tocaba el piano cantando "La vida es eso que ocurre mientras estás ocupado haciendo otros planes".
Y Colorín Colorado, este cuento se ha terminado. Sí, las cosas a veces también se terminan.






Comentarios (0)
Comentarios de Facebook (0)