SAN ROQUE Y LA LLEGADA DEL INVIERNO
Hoy, 21 de junio, comienza oficialmente el invierno. En San Roque, no es una estación más, es una época que transforma el ritmo del pueblo, como si el tiempo se adormeciera bajo una manta de neblina y silencio.
El invierno llega con su solemnidad y su propio lenguaje. Al caer la tarde, el pueblo comienza a apagarse temprano. Las calles se vacían más rápido, las motos y bicicletas regresan antes a casa, los comercios se ven vacíos. El anochecer se impone como un susurro largo que cubre los techos de las casas y las veredas, haciendo que todo parezca más calmo, más íntimo, más solo.
Pero el invierno también tiene su magia de mediodía, cuando la siesta se convierte en una celebración del sol. Entonces, la gente se asoma a sus patios, a los bancos de nuestra plaza, al Puente Carretero o al de la vía, buscando ese tibio rayo que se cuela entre los árboles pelados. Es un ritual sencillo; un mate, unas mandarinas recién desgajadas, alguna charla pausada... y ese sol que parece más necesario que nunca. En ese instante, San Roque recupera su calor humano, aunque el aire muchas veces, corte la cara.
Las noches se alargan y todo se aquieta, como si el pueblo entrara en una pausa extendida. Solo se escucha el ladrido intermitente de algún perro o el silbido del viento entre los sauces confundido con el murmullo de alguna alma adolorida que no abandona su pena. Las luces amarillas de las casas hacen que desde lejos San Roque parezca un pesebre dormido.

Y están ellos, los chicos que van a la escuela, cuando aún es de noche. Sus pasos firmes cruzan la bruma, mochilas al hombro y bufandas apretadas, abriendo camino entre las sombras de una ciudad que todavía bosteza. Son los primeros en ver cómo amanece el pueblo en invierno. Testigos silenciosos de la madrugada más fría, de la escarcha en las plantas, del humo que sale de las bocas al hablar o dar un suspiro.
Hoy llegó el invierno. Y con él, la noche más larga. Pero también llegó ese modo tan particular de vivir San Roque hoy, con abrigo, con mate, con caminatas cortas y con esa forma entrañable que tiene el pueblo de cobijarse, de abrazarse en lo simple, de encontrarse bajo el mismo cielo frío, sabiendo que, aún en la estación más austera, la vida sigue latiendo entre sus calles.






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