1 DE AGOSTO: CAÑA CON RUDA, TRES SORBOS CONTRA LAS PESTES, AYUDA

1 DE AGOSTO: CAÑA CON RUDA, TRES SORBOS CONTRA LAS PESTES, AYUDA

El primero de agosto amanece distinto en Corrientes, obviamente también en nuestra localidad. No por el clima, ni por el calendario. Es una sensación que nace en el estómago, una memoria que se activa apenas abrimos los ojos. Porque en este rincón del país, cuando arranca agosto, también comienza el tiempo de protegerse. De honrar a los que sabían, y de los que saben.

Nuestros abuelos lo decían con seriedad de rito sagrado, “hay que tomar caña con ruda, chamigo, sino el mes te agarra mal parado”. Y uno obedecía. No importaba si el sabor era fuerte, si ardía un poco la garganta, si nos hacía torcer la boca, había que tomar tres sorbos, en ayunas y con respeto. Porque más que una bebida, era una defensa. Un conjuro contra el mal, contra las pestes, contra lo que no se ve.

Recuerdo a la abuela preparando con tiempo la mezcla. No era cualquier caña. No era cualquier ruda. Había que dejarla reposar desde San Juan, dejar que el alcohol absorba la fuerza de la planta. El frasco se guardaba en lo alto del ropero, lejos de la vista, como se guarda un secreto familiar. Y cuando llegaba agosto, el frasco aparecía sobre la mesa.

Hoy, esa costumbre sigue viva. Quizás ya no todos preparan la caña con ruda en casa, como antes, pero en San Roque, en los negocios del pueblo, en las oficinas, en la calle, siempre hay alguien que tiene listo el frasquito. Y cuando uno entra, o pasa, te ofrecen. “¿Tomaste ya tu caña con ruda?” Y si decís que no, te llenan el vasito. No importa si sos creyente o no, si sos joven o viejo. Es un gesto que nos hermana, que nos recuerda de dónde venimos.

Agosto sigue siendo el mes bravo. Pero nosotros tenemos el antídoto. En tres sorbos va la sabiduría del monte, la fe de nuestros mayores, el calor de las cocinas antiguas, el amor a la tierra. Y aunque el mundo cambie, aunque se olvide de lo esencial, acá en Corrientes seguiremos tomando caña con ruda. No por moda. Por memoria.

Porque hay cosas que nos salvan… aunque no sepamos explicar cómo.