SVGM OSCAR SARAVIA: “LO ÚNICO DE LO QUE ME ARREPIENTO ES DEL SUFRIMIENTO QUE LES HICE PASAR A MIS PADRES”
Oscar Saravia, veterano de la compañía B del RI 12, revive la guerra 44 años después.
Entonces alguien encendió una radio.
“Sabemos que llegaron soldados del Chaco y de Corrientes… les vamos a brindar dos chamamés para recordar su provincia”.
Y sonó “Kilómetro 11”.
Oscar Saravia hace silencio cuando lo cuenta. Del otro lado del teléfono, incluso después de cuarenta y cuatro años, todavía parece volver por unos segundos a aquellas noches de Malvinas.
“No sabés lo que fue eso… los dos mejores chamamés que escuché en mi vida”.
La voz se le quiebra apenas.
Porque no habla solamente de música. Habla de la distancia. Del miedo. De la nostalgia. De ser un joven correntino de 19 años intentando aferrarse a algo conocido en medio del Atlántico Sur. Habla de la familia, del pago, de la tierra propia apareciendo de golpe en medio de la guerra.
“Fue una caricia al alma”, resume.
Era el segundo día después de llegar a las islas. Él y otros soldados correntinos estaban en las laderas del Monte Wall, lejos de Puerto Argentino, tratando de entender dónde estaban realmente y qué podía pasar. Todavía existía una mínima esperanza de que la guerra no ocurriera.
Pero ocurrió.

Oscar Saravia fue soldado conscripto clase 1962 del Regimiento de Infantería 12, compañía B. Combatió en Malvinas, fue prisionero de guerra y décadas después volvió a las islas. Dice que ese viaje le permitió cerrar una parte de su historia. Pero no toda.
“Lo único de lo que me arrepiento es del sufrimiento que les hice pasar a mis padres”, confiesa.
Oscar habla despacio.
Como quien aprendió a convivir con los silencios.
Durante más de dos horas de conversación con SanRoqueHoy reconstruyó escenas de la guerra, recuerdos de sus compañeros, el regreso al continente, las emociones que todavía lo atraviesan y la forma en que Malvinas sigue presente en su vida cotidiana.
“Nosotros no somos los héroes”, aclara.
“Los verdaderos héroes quedaron allá”.
“El orgullo se hizo más grande con el tiempo”
—¿Qué es lo primero que se le viene a la cabeza cuando escucha la palabra Malvinas?
Oscar no duda.
—Orgullo. Muchísimo orgullo. Orgullo de haber defendido a mi bandera, de haber cumplido el juramento que hicimos el 20 de junio de 1981 en Mercedes. Después, claro, está el dolor… el dolor por los camaradas que quedaron allá.
Habla del juramento como si hubiese ocurrido ayer. Corrige fechas, recuerda nombres, lugares y posiciones militares con una precisión que sorprende. La memoria sigue intacta.
Con el paso del tiempo, asegura, las emociones se volvieron todavía más intensas.
“Nos pusimos más viejitos”, dice entre una sonrisa y otra pausa.
Pero también más sensibles.
“El orgullo se agranda con el tiempo. A pesar del frío, del hambre y del miedo… uno siente que estuvo donde tenía que estar”.
Durante años convivió con heridas abiertas. Algunas visibles. Otras no tanto.
En 2019 volvió a Malvinas gracias al programa impulsado por el Gobierno de Corrientes para ex combatientes. Ahí sintió que algo terminaba de acomodarse adentro suyo.
“Cuando volví al cementerio y visité a mis compañeros… ahí se cerró un círculo”.
Durante mucho tiempo había repetido una frase: que su historia con la guerra recién iba a cerrarse cuando pudiera regresar a las islas.
Y volvió.
Aunque todavía le queda una deuda pendiente.
“Quiero ir con mis hijos”, cuenta. “Ellos querían acompañarme, pero hoy es difícil por los costos. Ojalá algún día podamos viajar los tres”.
“El compañero es el que hace guardia mientras vos dormís”
Durante la entrevista hubo un momento especial.
Oscar estaba despidiendo a un compañero que volvía a viajar a Malvinas. Del otro lado del teléfono comenzó a sonar una banda militar. Él hizo una pausa. Durante algunos segundos no habló.
“Se me pone la piel de gallina”, admite.
Ese compañero, cuenta, es quien compartió con él treinta días enteros en las islas: dormir, cocinar, soportar bombardeos y hasta sobrevivir al incendio de la carpa donde hacían fuego para combatir el frío.
“Dormíamos juntos, cocinábamos juntos, soportábamos los bombardeos juntos”.
Habla de camaradería con una profundidad difícil de explicar para quienes nunca atravesaron una guerra.
“El compañero es el que hace guardia mientras vos descansás”, dice.
“Y el que duerme tranquilo cuando vos estás de guardia”.
Después agrega otra frase que parece resumir todo:
“Sacando la familia… están mis camaradas”.
Cuenta que todavía hoy, cuando se reúnen, vuelven las cargadas, las anécdotas y el humor.
“Con ellos soy mucho más alegre”, reconoce.
Y enseguida aparece otra imagen. Monte Harriet. Los últimos doce días de combate. Él, el subteniente Mosteirín y Francisco Alcaraz, un soldado de la zona de Saladas.
“Estábamos espalda con espalda”.

“El miedo también estaba”
Oscar no romantiza la guerra. Habla del orgullo, sí, pero también del miedo.
“El miedo afloró, claro que sí. Y es natural”.
Recuerda el frío extremo, el hambre, el cansancio y las largas noches esperando ataques enemigos.
“Nosotros pensábamos que tal vez no iban a venir. Teníamos esperanza de que todo se solucionara de otra manera”.
Pero la guerra llegó.
Y él insiste en algo: nunca vio cobardía entre sus compañeros.
“Gracias a Dios no me tocó compartir con gente que haya tirado para atrás”.
También destaca el comportamiento de muchos superiores.
“Estábamos codo a codo. Ellos también sufrían lo mismo”.
Cuando habla de aquellos días vuelve una y otra vez sobre la juventud.
“Éramos todos pibes”.
Y cree que justamente esa juventud fue lo que les permitió soportar tanto.
“Después de volver a Malvinas entendimos eso… soportamos todo por la juventud y por el amor a la bandera”.
“Fuimos tratados como seres humanos”
Saravia también recuerda el momento en que fue tomado prisionero por tropas británicas.
Aclara algo que suele sorprender a muchos jóvenes cuando da charlas en escuelas:
“Todos los que volvimos fuimos prisioneros o volvieron heridos”.
Dice que nunca sufrió maltratos.
Incluso cree que los médicos ingleses salvaron sus pies afectados por el congelamiento.
“Hoy sigo sufriendo las consecuencias del frío… el famoso pie de trinchera”.
Recuerda que en Bahía San Carlos los británicos tenían un hospital de campaña enorme.
“Me curaron ahí. Creo que me salvaron los dedos”.
En 2019, durante su regreso a las islas, pudo reencontrarse con un ex combatiente escocés que había participado del ataque a Monte Harriet.
Lo vio dando una charla a soldados británicos.
Oscar se acercó.
Le pidió a un traductor que le transmitiera algo simple:
“Gracias por cómo nos trataron”.

“Volver a casa”
Entre todos los recuerdos que conserva de la guerra, hay uno que todavía lo conmueve especialmente: el regreso.
Volvió el 24 de junio de 1982. Venía caminando por la vieja ruta, con principio de congelamiento en los pies y los zapatos prácticamente “de chancleta”, como él mismo describe.
Una camioneta pasó de largo.
No lo reconocieron.
“Mi cabeza era así de grande”, recuerda, haciendo referencia al estado físico en el que volvió.
Pero unos metros después frenaron.
Lo hicieron subir.
Y lo llevaron hasta su casa.
Su padre estaba lavando el auto.
“Te vas a tener que pagar el asado… mirá el regalo que te traje”, recuerda que le gritó el conductor del vehículo a su papá.
Entonces su madre salió.
Y todo se transformó en llanto.
“Nos abrazamos y lloramos juntos”, cuenta.
A los pocos minutos, la casa se llenó de vecinos.
Era el único muchacho del pueblo que volvía de la guerra.

“Malvinas es la causa que nos une”
Cuando habla del presente del país, Oscar vuelve una y otra vez a la misma idea: la unidad.
Cree que Malvinas sigue siendo una de las pocas causas capaces de reunir a los argentinos por encima de las diferencias.
“Es la causa por excelencia que nos une”, dice.
“Junto a la Selección”.
Habla también de política, aunque evita profundizar demasiado.
“Ojalá algún día aparezca un diplomático que logre recuperar nuestras islas”.
Y enseguida vuelve a los jóvenes.
“Que estudien. Que se preparen. Que amen a la bandera y a los símbolos patrios”.
Durante años dio charlas en escuelas. Con el tiempo aprendió algo: que los chicos prefieren preguntar antes que escuchar discursos largos.
“Entonces empezamos a contestar lo que ellos querían saber”.
Dice que muchos se sorprenden cuando escuchan historias reales de la guerra. Otros recién de grandes logran comprender lo que significó Malvinas.
Incluso dentro de su propia familia.
“Con mi hija creo que la saturé un poco con el tema”, admite entre risas. “Después, cuando creció, empezó a verlo de otra manera”.

“No queremos lástima”
Hay un momento de la charla donde Oscar baja todavía más la voz.
Habla de cómo quiere que se recuerde Malvinas.
“No queremos lástima”, aclara.
“Queremos memoria”.
Dice que le gustaría que las nuevas generaciones recuerden a los veteranos como hombres que defendieron al país “con lo poco que tenían”.
Y entonces llega una de las preguntas más difíciles.
—¿Alguna vez se arrepintió de haber ido a la guerra?
Hace silencio.
Largo.
“No… jamás”.
Otra pausa.
“¡Arrepentirme de haber defendido a mi patria, jamás!”.
Después se quiebra.
Y explica que lo único que todavía le duele es haber hecho sufrir a sus padres.
Cuenta que incluso tuvo la posibilidad de evitar el servicio militar, pero decidió hacerlo igual.
“Quería conocer lo que era la colimba”.
Su padre no quería.
Y esa herida, dice, tardó años en sanar.
“Yo hablé con ellos, les pedí disculpas… y supieron entender”.
La emoción vuelve a aparecer.
Porque detrás del veterano, del sobreviviente y del hombre que volvió a Malvinas, sigue existiendo aquel joven correntino de 19 años que un día, en medio del frío y de la incertidumbre, escuchó un chamamé en una radio perdida del Atlántico Sur… y por unos minutos volvió a sentirse cerca de casa.
FICHA DEL VETERANO
Nombre: Oscar Saravia
Regimiento: RI 12 – Compañía B
Edad durante la guerra: 19 años
Lugar de origen: Pedro R. Fernández (Mantilla), Corrientes
Sector de combate: Monte Harriet
Regreso a Malvinas: Año 2019






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