LA RUTA DEL DOLOR: Paso por 9 de Julio
Transitar por la Ruta 123 siempre había sido un viaje cotidiano para mí, una parte más de mis recorridos por el vasto territorio de la provincia de Corrientes. Sin embargo, ayer por la siesta, el trayecto tomó un tinte distinto, un matiz cargado de emociones profundas y desgarradoras. Apenas ingresé al pueblo de 9 de Julio, sentí que el aire se tornaba pesado, como si la tristeza y la angustia se hubieran materializado en la atmósfera.

Los comercios alineados a la vera de la ruta, usualmente bulliciosa y llena de vida, ahora lucían sombríos. Carteles y pasacalles clamaban por justicia, exigiendo la aparición de Loan Peña. El rostro del pequeño, tan repetido en medios de comunicación y redes, se repetía en cada esquina, en cada ventana, en cada mirada perdida de los habitantes. No pude evitar imaginarlo corriendo y riendo por esas calles, jugando en la plaza central donde ahora su imagen dominaba un enorme mural que pedía su regreso. Al ver ese mural, no pude evitar pensar: si Loan vuelve y ve su propia imagen allí, ¿qué pasará por su mente? ¿Cómo entenderá todo el dolor y la lucha que su desaparición ha provocado?

La iglesia, silenciosa y solemne, parecía un testigo impotente de la tragedia. Pensé que Loan tal vez había entrado alguna vez con su familia allí, buscando a Dios, al mismo Dios al que hoy clamamos su regreso. Detrás de la plaza, se veía la escuela, su escuela, que se erguía como un monumento de sueños rotos y esperanzas truncadas, fue inevitable sentirlo… cada rincón del pueblo parecía guardar un pedazo de su corta vida, una memoria que ahora se convierte en un doloroso recordatorio de su ausencia.

La incertidumbre y el dolor envolvían cada kilómetro de la ruta. El pavimento de la Ruta 123 mostraba las cicatrices de las protestas, grietas y marcas de neumáticos quemados en señal de demanda de justicia. Los manifestantes, como yo, no pueden aceptar la idea de que el caso quede impune. Los sospechados parecen enturbiar la verdad, alimentando una sensación de desesperanza que se cierne sobre todos nosotros.

Al continuar mi viaje, más lento que lo habitual, a unos kilómetros del pueblo, hacia mi derecha observo el ingreso del camino vecinal, que conduce hacia la casa de su abuela, la tristemente célebre “abuela Catalina”. Allí, en ese lugar que debería ser un refugio de amor y seguridad, Loan desapareció sin dejar rastro. La bronca y la impotencia se apoderaron de mí. Sentí un nudo en la garganta al ver la entrada del camino, el mismo que recorrió con inocencia y confianza junto a su padre, hacia ese fatídico almuerzo del 13 de junio. ¿Cómo pudo suceder algo tan terrible en un entorno tan familiar? La calma aparente del lugar no respondía esa pregunta.
A pesar del cielo azul y el sol brillante, el día me parecía gris, triste, desolado. Era como si la desaparición de Loan hubiera robado el color y la alegría del paisaje. Cada paso por ese lugar era un recordatorio de una historia que no debería haberse escrito, una historia de dolor que resuena más allá de las fronteras de Corrientes, de Argentina toda, tocando corazones en hasta en Paraguay, el sur Brasil y Uruguay.
Al terminar mi recorrido, y ya retomando la Ruta 12, solo me quedaba la sensación de haber atravesado un mar de emociones. La tristeza, la bronca, la impotencia y, sobre todo, la esperanza de que Loan vuelva a casa, se entrelazaban en mi mente. Porque en cada paso por 9 de Julio, sentí la presencia de un niño que merece ser encontrado, que merece justicia, y que nunca debería ser olvidado.
Para finalizar hago propia una expresión que leí en un cartel de una humilde vivienda… CON LOS NIÑOS NO, JUSTICIA POR LOAN!
p.f
créditos fotos: Bablo Bethular






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